Los errores de crianza rara vez surgen de la mala intención; provienen de creencias heredadas, presiones sociales y la falta de información actualizada. Cuando los adultos replican lo que les funcionó a ellos sin ajustarlo a la realidad de sus hijos, generan incongruencias que pueden minar la confianza y la comunicación en la familia.
Estas incongruencias se reflejan en la autoestima de los niños, en su capacidad de resolver conflictos y en la calidad del vínculo afectivo. Un pequeño desliz, como no validar emociones o imponer reglas sin explicarlas, puede convertirse en un patrón de resistencia o de dependencia que se extiende a la adolescencia y más allá.